Estos sonidos, llamados borborigmos (palabra bastante onomatopéyica, por cierto) son debidos a los movimientos que nuestro intestino realiza para impulsar la comida a través de ellos. Normalmente, se producen mientras hacemos la digestión, de manera que la comida discurre a través de los intestinos gracias a contracciones musculares (llamados movimientos peristálticos) que la empujan desde la parte alta del intestino hasta el ano.
Durante este proceso la comida queda amasada y mezclada con todo tipo de compuestos químicos que segrega nuestro organismo, de ahí que nos evoque a la imagen de un líquido burbujeante.
Sin embargo, también oímos estos singulares y a veces embarazosos sonidos cuando tenemos hambre. Es en esta ocasión cuando más alto los oímos, ya que tanto el intestino como el estómago están huecos, y el sonido se propaga mejor. Tras dos horas con el estómago vacío, nuestro cuerpo interpreta que necesita más comida, por lo que produce unas hormonas que despiertan en nosotros la sensación de hambre. El cerebro asimila esta orden y comienza un nuevo proceso de contracción de los músculos, recogiendo los pocos restos de comida que puedan quedar.
De esta manera, el “ruidito de tripas” que a veces nos pone en un aprieto, es un síntoma claro de que acabamos de comer (y por tanto estamos haciendo la digestión) o por el contrario, de que tenemos hambre y debemos atacar la nevera cuanto antes.
Brubrubrubur… Buen provecho!



Y es que a veces, en mitad de una reunión importante, o bajo el incómodo silencio de una biblioteca, hemos notado cómo nuestro estómago nos jugaba una mala pasada. Burbujas hirviendo en un cazo, o aire dentro de una tubería con agua son algunos sonidos que nuestro cuerpo imita a la perfección y que muchas veces no sabemos a qué atribuir.