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Beirut está en medio de dos épocas, entre culturas, entre dos mundos. Según por dónde camines puedes pensar que estás en la España de los años 40 o en el moderno Dubai. Sus edificios destartalados por la Guerra civil permanecen como un recuerdo vivo al lado de las grandes grúas que construyen rascacielos de cristal, los Ferraris, Porsches, Mercedes, BMV se pasean por las calles de la ciudad junto a coches que se caen a pedazos, que son de mediados del siglo pasado. Las calles carecen de luz eléctrica, está toda en el lujoso Downtown o en la zona del puerto deportivo, La marina. Puedes cogerte un taxi o un service, la segunda opción es un coche particular que te llevará cerca de donde vas, por un euro, siempre y cuando le pille de camino al conductor y al que se irán subiendo personas que van en la misma dirección. Este es el transporte público, ni metros, ni autobuses. Los chicos exhiben cochazos y ropa de marca y luego viven con sus padres porque no tienen dinero para alquilarse un apartamento. Muchas chicas se operan los pechos y bailan en las discotecas de la ciudad hasta el amanecer, mientras otras reciben consejos de sus amigos para su primera vez, en su noche de bodas, y no beben por tradición. Así es Beirut, cualquier cosa es posible, nunca sabes qué te vas a encontrar, porque todo puede pasar aquí. Lo bueno es que en su diversidad de pensamientos, de tradiciones, de religiones y costumbres la gente se respeta. Las mezquitas conviven con las iglesias, y los velos con las cruces sobre las frentes de los cristianos en el miércoles de ceniza. Parece que el tener religiones diferentes logra que cada persona viva con más fervor su religión. Es como cuando perteneces a un equipo de fútbol, tienes que demostrar que eres el más forofo delante de las otras aficiones.

Publicado en Viajes

La comida libanesa es gloria pura para el paladar. Puedes empezar el día muy bien, desayunando manakish, aunque se pronuncia mana'ish. Es una especie de pizza, la tradicional lleva tomillo molido con semillas de sésamo y aceite y tienes otra versión con queso libanés al que le puedes añadir hojas de hierbabuena. Se toma con té y es una auténtica delicia. Puedes comprarlo en la calle, en puestos de manakish, se hace sobre una plancha de hierro curvada, aunque otra forma de prepararla es al horno. Otros puestos de comida que puedes encontrarte por la calle son los de shawarma, algo así como los kebabs a los que estamos tan acostumbrados, pero con más ingredientes. Aunque lo que más me llama la atención del Líbano es que no hay horarios para comer, mientras escribo esto son las dos y media de la tarde y todavía no he comido, ni creo que lo haga hasta que no tenga hambre, que puede ser a las cinco. Por eso no es raro ver a la gente comiendo en restaurantes o en la calle a cualquier hora, la cocina está siempre abierta. La gente pues, como cuando le apetece, y punto.

Publicado en Viajes

La web del Ministerio de Exteriores de España recomienda a los viajeros que van a Líbano que no pisen el Valle de Bekaa, porque el año pasado secuestraron a unos turistas allí. Pero aquí estoy, cruzándolo en un autobús, no parece una región muy peligrosa, la verdad. La carretera se abre paso entre dos cordilleras montañosas que ahora mismo están completamente nevadas. Al parecer, la palabra Líbano viene de yogurt en árabe, esto se debe a la sorpresa que sintieron los beduinos que pisaron el Líbano por primera vez al ver las montañas cubiertas de lo que parecía yogurt. Era nieve, claro, pero venían del desierto y nunca antes habían visto aquello. Sobre el valle, a ambos lados de la carretera se extienden los cultivos de vid y de marihuana. De ahí que la región sea peligrosa. Pero, obviamente no toda ella, ya que es una extensión de tierra muy grande, que ocupa todo el este del país. Detrás de la cordillera de mi derecha, ya está Siria. El Líbano es un país muy pequeño con tan sólo cuatro millones de habitantes, aunque fuera de sus fronteras viven trece millones de libaneses, sobre todo en Canadá, Estados Unidos, Brasil y Francia.

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Conducir en Beirut es como jugar una partida al Gran turismo, uno tiene que sortear coches que se cruzan en el camino sin dar los intermitentes, motocicletas que se cuelan por cualquier parte, incluso en dirección contraria, y peatones que arriesgan sus vidas al cruzar las calles, desposeídas de pasos de cebras. Yo que voy de paquete o copiloto, como se prefiera, intento relajarme, y hacer oídos sordos a los pitidos que se suceden constantemente. Todo el mundo parece estar alterado al volante, e impera la ley del más fuerte, en cualquier intersección sale un coche y se coloca delante de ti, aunque estés a menos de un metro. Nadie respeta los semáforos ni los carriles. Hay muchísimo tráfico, como si hubiesen abandonado los coches al azar, en medio de la calzada. Aquí todo el mundo bebe y conduce, fuma y conduce, habla por el móvil y conduce... y no pasa absolutamente nada. En su caos la ciudad se autoregula a sí misma.

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Lo primero que me llamó la atención de Beirut fue su aeropuerto. El largo pasillo desde el avión al control de seguridad era una sucesión de paredes blancas, inmaculadas, como un museo de arte minimalista. Ni un solo anuncio, ni poster iluminado tratando de venderte Cocacola, whisky, productos de belleza o lugares paradisiacos para tus próximas vacaciones. Ya no estamos en Europa, pensé, esas paredes blancas, vírgenes, hubieran sido una delicia para las grandes multinacionales y los publicistas de cualquier país occidental. Me pregunté entonces si Beirut sería también una tabula rasa en la que escribir la historia que uno quisiera vivir.

Publicado en Viajes

Agatha Christie no murió de una puñalada en el pecho, ni envenenada al comer una pasta de té, ni fue descuartizada, ni su cadáver fue enrollado en una alfombra y enterrado en la jardín de una mansión. No, falleció por causas naturales cuando ya era una octogenaria. Pero, años antes, en 1926 se temió por su muerte, al desaparecer sin dejar huella durante once días.

 

Publicado en Literatura

Agatha Christie no murió de una puñalada en el pecho, ni envenenada al comer una pasta de té, ni fue descuartizada, ni su cadáver fue enrollado en una alfombra y enterrado en la jardín de una mansión. No, falleció por causas naturales cuando ya era una octogenaria. Pero, años antes, en 1926 se temió por su muerte, al desaparecer sin dejar huella durante once días.

 

Publicado en Literatura

La ginebra agita sus olas contra las paredes transparentes del vaso, sin llegar a rebasar su borde. Sujeto por una mano de mujer, arrugada, de venas abultadas y azules, el vaso permanece fijo sobre la melena alborotada, y plagada de canas de una cabeza que a su vez se apoya contra la pared.

¿Te han contado la del hombre que se puso a jugar a Guillermo Tell con su mujer y falló?

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Me dispongo a escribir una reseña de "Dimos vueltas en la noche y fuimos consumidos por el fuego". Empiezo a teclear escuchando Nadadora, un grupo que también está de estreno porque acaba de sacar disco. El disco tiene una canción que se llama Sara, como la protagonista (mitad off/mitad on) del libro. Sin embargo, la canción que más me gusta del disco es  1987 que, tengo que matizar,  no es el año en el que  nací. La canción empieza con una frase de esas que siempre queremos dedicar al otro... "podría pasar, toda mi vida, a tu lado". Quién sabe, a lo mejor la Sara que protagoniza la novela de María Ruisánchez escribió estos versos en su diario, o quizá le confesó a algún amante que iba a besarle hasta sangrar. No lo sabemos.

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La mujer alcanza la perfección. Frieda se gira dormida en la cama que comparte con Nicholas. Su cuerpo porta la sonrisa del deber cumplido. Por unos instantes, Sylvia deja la pluma al lado del papel, sobre el escritorio y los mira, duermen apaciblemente con los labios ligeramente separados, como dos cachorrillos, cansados de buscar entre los pliegues de las sábanas, el cuerpo de una madre que no está. Dos bebés muertos hechos ovillo, serpientes blancas. Cada uno prendido a un pellejo de leche, ya vacío. Sylvia se levanta de la silla, cierra la puerta del cuarto con cuidado y se desliza por el angosto pasillo...

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