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LAS SEÑORAS DEL METRO
Planeta Vulture - Cronistas
Viernes, 22 de Octubre de 2010 13:04

marujaSiempre he creído que lo peor que puede pasar por las mañanas era el hecho de tener que levantarse de la cama, salir de debajo de las mantas, abrir los ojos y tocar el agua helada que sale del grifo.

 

Que aquello no tenía rival.

Sin embargo, eso no es lo más duro, cruel y retorcido que algún madrugador inventó hace ya demasiados años.

 

Tras el cruento ritual matutino, después de soportar el frío de la habitación, de los vaqueros, de la chaqueta y del coche, después de todo eso, tienes que llegar hasta el metro para encontrar un rinconcito en el que recuperar esa última hora de sueño que el despertador (maquiavélico invento, por cierto) nos ha robado sin compasión.

Cuando lo encuentras, sientes ese gustito sensorial de poder agazaparte como un gatito, recostarte sobre ti mismo y cerrar los ojos para adentrarte en el sueño que con mucha dificultad has ido reteniendo en tu memoria durante todo el proceso de “inicio de jornada”.

Has conseguido trasladarte otra vez a esa playa de Thailandia en la que estabas y saborear el daikiri de fresa que sostenías en la mano, tumbado en una hamaca de tela, tranquilo, relajado… hasta que sin ton ni son, como si del mismo Apocalipsis se tratara, caen inmensas calabazas gigantes a tu alrededor. No entiendes nada. Corres a protegerte bajo una palmera, pero las calabazas siguen cayendo. Ahora también pucheros de garbanzos, y recetas del médico de familia, y pañales de bebés que lloran desconsoladamente.

Es entonces, solo entonces, cuando abres un ojo y visualizas en el metro lo que estaba sucediendo en tu sueño. Hay calabazas, y pucheros de garbanzos, y recetas y pañales que a modo de palabras salen disparadas de labios maquillados con colores demasiado llamativos de señoras que encuentran en la conversación a altos decibelios una fuente de diversión y entretenimiento.

 

Observas que ríen sin mesura, que conversan desde distintas zonas del vagón, que comentan detalles de su día a día con amigas de metro que a lo largo de los años han escuchado sus batallitas, problemas y riñas con el marido.

 

Observas también que no eres el único que, aún con un solo ojo abierto, las mira desafiante, con el odio y el sueño contenido y concentrado entre ceja y ceja, y pides con la mirada, con el rictus serio y enfurruñado, que por favor respeten las zonas públicas y eviten de cualquier manera de convertir el metro, especialmente a esas horas de la mañana (o noche para algunos) en tertulias sin sentido y acústicamente molestas.

 

Por la declaración del metro en zona ZAS!