Les seré sincero: mi intencion era hablar aquí de Carlos, el magnífico film de Olivier Assayas, una película que me temo que el gran público se perderá por su pobre distribución. Sin embargo, he preferido ser este mes la terrible advertencia en vez de la alegre recomendación, y hablar de otra película que no solo está en los carteles de todos los cines comerciales que se precien, sino que tambien cuenta con todo un potente aparato de promoción detrás suyo. Hablo de Código fuente, la segunda película de Duncan Jones, director que ya sorprendió al mundo no por ser el hijo de cierta leyenda viviente de la música, sino por su buen hacer en su ópera prima, Moon, merecidamente galardonada en su paso por el festival de Sitges. Un deslumbrante estreno en lo audiovisual que, tristemente, no tiene continuidad en su segunda película.
Y es que la sinopsis de Código fuente abre mucho el apetito del cinéfilo, prometiendo altas dosis de ciencia ficción y acción mezcladas con sabiduría. Paradojas espaciotemporales, realidades virtuales, enigmas, explosiones, terrorismo... un cóctel con visos de delicioso pero que se queda en una mera iteración. Lo visto ya en el tráiler se reformula una y otra vez en la película, variando a penas la situación de una repetición a otra y desvelando a cuentagotas enigmas que por otra parte eran de fácil resolución, aprovechando de mala manera sus premisas de inicio acerca de la revisitación del pasado, sin tener la gracia y el acierto de otras películas que ya habían usado ese paradigma, como Atrapado en el tiempo de Harold Ramis o la patria Los cronocrímenes de Nacho Vigalondo. Así, las intuiciones a partir de las que se construye la historia, interesantes y con el potencial de haber dado lugar a una trama mucho más profunda y rica, son malgastadas por el empecinamiento del director en hacer avanzar los sucesos a toda costa por temor a no aburrir al espectador casual y desganado con algo más complejo a lo que tiene acostumbrado. Asistimos otra vez, en mi opinión, a la fagocitación de un director que prometía por parte de la industria de sentar culos en asientos y vender palomitas.
Esta catástrofe solo la salva el talento de Jake Gyllenhaal, que construye un personaje coherente y atractivo que rezuma empatía por los cuatro costados, y cuyo compromiso con el espectador hace la historia más disfrutable. A esto hay que añadirle, siendo honrado, un final a la altura de lo esperado, que rubrica con sorprendente lucidez una película facilona en la que no está suficientemente enraizado. Por lo demás, considerando lo rentable que presumiblemente acabe siendo el film, estamos ante una maravilla desde el punto de vista del productor: una película con un acabado formal que parece superior a lo invertido en ella, y que recaudará mucho gracias a su gran aparato publicitario y al boca a boca entre los amantes de las emociones fáciles y los argumentos complejos sólo en apariencia, convirtiéndola en una inversión más que rentable para quienes se arriesgaron con ella.
Con todo, hay que decir que, contando con la práctica desaparición del film de Assayas de las salas asequibles, esta película es de las más dignas en una cartelera que no cuenta prácticamente con títulos de interés. Algo, no obstante, común en los inicios de la campaña de verano, con lo que es de esperar que la cosa mejore. Queda entonces el aviso a navegantes: si sentís una necesidad acuciante de ir al cine, o no tenéis más remedio que visionar algún estreno, no es mala idea elegir Código fuente, pero os irá mejor matar la ilusión antes de entrar en la sala o quizá salgáis de mal humor. Consejo de amigo.













