El plan era sencillo y todo estaba funcionando a la perfección. La primera cita con su compañera de la academia era tal y como estaba prevista. La cena en el restaurante japonés había servido para poder enseñarle a comer con palillos, aprendizaje que aprovechó para tocar sus manos varias veces con ternura y con alguna otra caricia de más, que no fue rechazada. La película del autocine combinaba comedia y romanticismo, y al estar ambientada en la Costa Azul iba abonando el terreno para la sorpresa que vendría después. Evidentemente, aunque logró que pareciese que era decisión de ella, él la había escogido de antemano y con toda la intención, especialmente por el momento en que la pareja protagonista se besa por primera vez mirando las estrellas en la playa. Durante la película ella recostó en alguna ocasión la cabeza en su hombro y él la acarició el rostro con el dorso de la mano. También, en el momento de máxima tensión romántica, incluso se cogieron de la mano.
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Nadie quería dormir; el niño de seis años llevaba ya más de 12 horas desaparecido en aquella zona llena de cuevas, simas y barrancos, y los primeros esfuerzos por encontrarlo no habían dado resultado. Pero la necesidad de descansar para poder afrontar el nuevo día con garantías obligaba a los voluntarios a cerrar los ojos y tratar de conciliar el sueño. Las labores de búsqueda se reanudarían a la mañana siguiente, y se unirían a las tareas de rescate equipos especializados en montaña, con perros de la policía y un helicóptero.
El viejo motor de nuestro Chevrolet había empezado a hacer ruidos raros veinte minutos atrás, pero confiábamos ingenuamente que aguantaría hasta Frankfort (que como todo el mundo sabe no está en Alemania, sino que es la capital del estado norteamericano de Kentucky). Nos equivocamos al creer que aguantaría; al intentar afrontar una larga subida, se rindió y acabó reventando en una nube de vapor, dejándonos tirados en medio de la nada. Y sin cobertura en el teléfono móvil. Nos hallábamos en una de aquellas carreteras apenas transitadas de la América profunda, esas que sirven de escenario a las road-movies que tanto nos gustan. Al final de aquella cuesta que debía tener casi tres kilómetros, parecía haber una señal indicando la distancia a algún sitio. Ninguno de los tres recordaba cuándo habíamos dejado atrás la última señal, y de aquella gasolinera polvorienta que habíamos pasado nos separaban al menos 35 millas, así que comenzamos a caminar por el arcén, confiando en pedir ayuda al siguiente coche que pasara, siempre que no estuviera conducido por algún serial killer. Después de 25 minutos caminando, llegamos a la señal y por la carretera no había pasado ni un sólo vehículo.
Lo que empezó como un mensaje en cadena de tantos que circulan por internet, acabó por saltar a las páginas de los periódicos en cuanto se comprobaron los datos y resultaron ser totalmente ciertos. A raíz de a noticia, en los últimos meses los datos de desaparecidos en todo el mundo habían sido analizados, y se habían descubierto al menos cincuenta mil casos de desapariciones simultaneas de personas cuyos perfiles presentaban un gran número de similitudes, con la excepción del género; cada par de desaparecidos estaba siempre formado por un homnre y una mujer. En todos los casos, habían nacido el mismo día y habían llevado unas patrones de vida similares, manteniendo una simetría sospechosamente elevada en cuanto a gustos, estudios, estilo de vida, e incluso estado civil y número de hijos. Y si bien el orígen de los desaparecidos podía estar a veces a miles de kilómetros de distancia, siempre desaparecían cuando se encontraban en una misma localización.
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