NextPrevious
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos
  • Ver Fotos

bloggers

Banner
Banner
Ernesto Gimeno

Ernesto Gimeno

PEEPING TOM

:

Si vuestro humilde articulista tiene algún talento, ése es el supérfluo de relacionar cualquier hecho de la vida con lo visto en la pantalla. Y resulta que no he podido evitar ese mismo impulso al seguir durante estos últimos días, con avidez y alegría he de decir, el movimiento de ocupación de plazas y clamor popular que se ha dado (parece mentira) en nuestro país. A continuación ofrezco, para vuestro disfrute y ojalá como incitación a la reflexión mediante el arte, un compendio de comparaciones extravagantes. Como dirían los organizadores del movimiento de estar en mi lugar, "tómalo como un divertimento, una incitación, una provocación o tan solo un pensamiento, tú decides". Comencemos...

Hay películas, aviesas y terribles, que ya dan todo lo que tienen en sus respectivos tráilers. Luego, a la hora de la verdad, no son más que una mera extensión de lo visto en sus promociones con mucho metraje sobrante de por medio. Este fenómeno es algo muy común en la filmografía actual, pero siempre lo había tenido como una cosa muy fácilmente a evitar, hasta que yo mismo he caído. Y lo peor es que, a priori, la película en cuestión prometía grandezas de la más sólida de las maneras.

La pelícual que causó revuelo en Sitges. La película que ha sumergido a Ángel Sala, director de dicho festival, en un juicio por cargos de distribución de pornografía infantil. La película que la fiscalía de Málaga prohibió exhibir en su festival pese a estar programada. La película que no se va a distribuir a ninguna sala cinematográfica española. La película de la que se habló sin parar en todos los coloquios de la tele rancia. La película que no podréis ver de ninguna manera honesta, ni deshonesta con Sinde vigilando. La nueva y más reciente película maldita. Todo esto es A Serbian film, y en opinión de este humilde articulista, su jugada ha sido brillante.

Los aficionados a la animación, así como los del buen cine en general, recordarán sin duda con cariño el estreno allá por 1997 de la película japonesa Perfect blue, ópera prima del recientemente fallecido Satoshi Kon. Esta película, tan enervante como adictiva, capturó por igual a crítica y público en un aplauso unánime. Sin embargo, un hombre vió en ella algo más que una gran cinta; un joven director que a penas se había dado a conocer al mundo con su primera película, y que intuyó en ella la simiente de algo que le llamaba poderosamente a crear. Así pues, compró los derechos de la película, a la espera de ser alcanzado por la inspiración y desarrollar ese concepto latente algún día. Ese joven director era Darren Aronofsky, y la visión que tuvo es hoy por fin una realidad: su magistral Cisne negro.

Usar como elemento publicitario casi único de la película El extraño caso de Angélica la edad de su director es, desde luego, no hacerle justicia en absoluto. Y es que esta circunstancia, aunque del todo sorprendente, resulta poco menos que anecdótica a comparación con las muchas cosas que ofrece el film, más un poema visual y un compendio de reflexiones acerca de la vida y la muerte que una película de argumento lineal de esas a las que (por suerte o por desgracia, yo me inclino por lo segundo) nos hemos acostumbrado hasta tal punto que nos cuesta tragar cualquier otra alternativa.

Suele citarse en ciertos libros de erudición barata que Sed de mal, ese portento salido de la nada gracias al gran mago que fue Orson Welles, marca el fin de la época dorada para un subgénero tan capital como es el cine negro. En opinión de vuestro humilde escribano, nada más lejos de la realidad, puesto que películas como En el centro de la tormenta del polifacético Bertrand Tavernier vienen a demostrar que las ganas de narrar historias de detectives casi folletinescos tomándose en serio lo que en manos de cualquier otro director (o escritor, ya que el guión proviene de una novela) habría sido poco más que un subproducto sin demasiado aliciente.

Es vivencia común el encontrarse con películas que nos entusiasman en su discurrir pero, en el momento de la verdad, nos ofrecen un final tan por debajo de las espectativas que el propio film nos estaba creando que hace de todo el trabajo de verlo un acto inútil. A mí, desde luego, me ha pasado muchas y dolorosas veces, y presupongo que también a quienes ésto leáis, por lo que puedo haceros una advertencia: esto mismo me sucedió con Stone, de John Curran, así que hay posibilidades de que experimentéis lo mismo.