El primer planeta de tu universo
Tengo bien presente aquel momento. Al contrario que con otras prácticas artísticas como el dibujo y la pintura que he desarrollado desde que tengo uso de razón, mi contacto con la fotografía se inició siendo mayor y consciente. Quizá fue algo fortuito, pero la realidad es que cuando terminé mi primer trabajo, la sensación que experimenté fue la adecuación. Sentí la versión afectiva de un “esto es lo que tengo que hacer” y reconocí al punto que aquel era mi registro y no otro. Supongo que, como en toda búsqueda, ya sea de un tesoro, de un objeto o de un campo artístico a desarrollar, el fenómeno del hallazgo es, sin duda, uno de los más placenteros que se pueden experimentar. Después vendrán las frustraciones fruto de la imperfección, pero la primera vez, el día del descubrimiento, no existe nada de eso, sólo la satisfacción de haber encontrado un camino, sin apreciar las piedras que lo puedan jalonar.
¿Eres un amante correspondido?
Supongo que en este sentido debo caer en el tópico y el momento más especial hasta la fecha en mi trabajo como creador ha venido de la mano del reconocimiento. La primera vez que, sin entrar en valoraciones, un desconocido me reconoció como autor de una serie fotográfica que realicé por encargo fue, sin duda, el mejor momento que he vivido hasta la fecha como fotógrafo.
No fue cuestión de alabanzas, porque en realidad no las hubo. Simplemente el hecho de que alguien hubiera conservado en su memoria una imagen creada por mi el tiempo suficiente como para llegar a coincidir conmigo fue bastante como para hacerme sentir que mi trabajo no era del todo inútil; que tenía una cierta valía, la necesaria como para agarrarse a una mente durante algún tiempo, y aquello me hizo sentir mejor que cualquier premio y honor que hayan podido dar.
El placer y el dolor…
Supongo que el trabajo con el arte reporta múltiples emociones contradictorias. Por un lado existe una relación entre la obra y uno mismo, en la que confluyen el orgullo y la identificación personal con frustraciones derivadas de la autocrítica. En mi caso, e imagino que en el resto será también así, nunca se obtiene un resultado perfecto. Siempre queda la sensación de que podría ser mejorable, o por lo contrario, de que el exceso de trabajo ha enturbiado el resultado. Sin embargo, es necesario poner límites a esto, ya que de lo contrario, no existiría un final para las obras, que se obstinarían en una perpetua evolución hacia una perfección ideal que no deja de ser, precisamente eso, ideal.
Por otra parte se puede hablar de la relación entre la obra y el público. En este caso el creador se perfila como un ente exterior, que no es sino un espectador. Aquí se pueden encontrar grandes satisfacciones, a fin de cuentas crear algo implica casi por obligación la necesidad de un reconocimiento por parte de los demás, al fin y al cabo el ser humano busca la aceptación del colectivo y en el caso del arte no será de otro modo. Pero las frustraciones también pueden ser grandes. Es una cuestión peligrosa depositar todo el peso de la estado anímico en la respuesta de los demás. No se debe perder de vista que el trabajo es personal y desinteresado, y que el primero y más importante que tiene que estar satisfecho es uno mismo.
Tus colonias, ungüentos y afrodisíacos
De entrada diré que no creo en esa idea más o menos generalizada del proceso creativo por inspiración divina. No comparto en absoluto la idea de que una obra surge en la mente del artista de forma furtiva y sorpresiva, del mismo modo que no comulgo con la autodenominación como artista.
Creo que la cuestión está más próxima al concepto de trabajo o labor. Se debe pasar por la investigación, la documentación, la diversificación de ideas y enfoques… todo ello tendrá como consecuencia un resultado que, si bien puede partir de una chispa inicial, tendrá unos finales muy distintos a los de una primera aproximación auspiciada por las musas. El método, por lo menos para mí, ha de pasar necesariamente por el trabajo y la reflexión. Independientemente a que este se realice frente a un café en una terraza y sobre una libreta llena de garabatos.
Signos, lenguaje, mirada universal.
Me gusta pensar que mi manera de trabajar establece algún tipo de diálogo entre pintura y fotografía, como el pictorialismo hiciera en su momento. Creo que se pueden establecer relaciones con el estilo barroco, del que soy un gran admirador, fundamentalmente en lo referente a luz y cromatografía. Por otra parte, los motivos y temáticas escogidos, aunque en muchos casos son de carácter narrativo, relacionados con mitos clásicos, pretenden hacer que el espectador reflexione entorno a cuestiones tan universales como el amor, el sacrificio, la identidad… Probablemente esto sea un atrevimiento por mi parte, aunque desearía que así fuera para alguien.
Vende tu alma al diablo.
No me siento capacitado para responder esta cuestión de forma acertada. Sin embargo, creo que si tuviera que escoger un rasgo de mis fotografías como el más significativo me decantaría por el aspecto formal de las mismas.
Creo que la particularidad más destacada estriba en la fusión del estilo más clásico con un aire moderno. Los modelos, son reales, y eso es algo que he pretendido siempre. No busco la idealización, sino la proximidad. Los personajes pueden estar en la calle ahora mismo, no son exquisitos cuerpos perfectos, sino personas que andan, comen, visten y calzan como todos nosotros. Quizá esto, unido al tratamiento de la imagen sea lo que más pueda distinguir a mis fotografías.
¿Futuras misiones para la nave espacial?
El futuro es, sin lugar a dudas indiscernible. No puedo hablar de planes, ya que no los tengo. Simplemente puedo hablar de sueños. Decir que no desearía alcanzar el reconocimiento de mi trabajo y poder dedicar mi vida a él sería, desde luego, mentir. Pero también soy plenamente consciente de la competitividad del mundo artístico y de la gran calidad que los creadores contemporáneos ofrecen, de manera que si es necesario trazar un plan, el mío será sencillo. Simplemente seguiré trabajando. Buscaré nuevos lugares, nuevos momentos y situaciones en las que mis fotografías tengan cabida y aquello que tenga que llegar lo hará si debe hacerlo. No me frustra la perspectiva de que mi andanza termine aquí, creo que es mejor sentirse satisfecho con lo que se obtiene a anhelar lo que no se ha alcanzado, de forma que cada paso que se de sea una victoria y no una labor para alcanzar un destino incierto.
KALASNIKOF
Su primer pensamiento matutino:
Un odio desmedido hacia el despertador. Pensar me lleva un rato por las mañanas, pero probablemente estaría relacionado con el café.
Esa imagen (un cuadro/fotografía/póster/mural/cartel/imagen) que podría pasarse horas (ad)mirando:
Siento no responder adecuadamente a esta cuestión, pero si debo elegir una imagen para esto, no será de índole artístico. Aquellas imágenes de las que puedo gozar durante largo tiempo son las que me traen recuerdos. Son tan simples como las fotografías de mis álbumes. Aquellas en las que mi memoria se puede regodear en los momentos más felices de mi vida.
Algo para hacer a cualquier hora:
Hablar. Charlar no tiene horarios, sólo entiende de compañías, e incluso hablo dormido. Se puede conversar una mañana, pero también una noche a altas horas de la madrugada envueltos en mantas y con pijamas de franela. Se puede aprender de los demás y se puede enseñar. Se puede reír y disfrutar; confesar y desahogar. Incluso se puede pensar con claridad al enunciar las ideas.
La primera vez que leyó un ejemplar de Vulture (¿cómo cayó en sus manos?):
La cogí en la facultad, de un banco. Desde ese día, mis compañeras de piso y yo las recolectamos y coleccionamos
La mejor película de su videoteca:
My fair Lady.
Un ídolo:
Tengo la fea costumbre de pensar que todos somos humanos y en consecuencia decepcionantes, por eso me cuesta mucho caer en la idolatría. Sin embargo, podría decir que siento especial predilección por aquellas personas que saben seguir siendo naturales y reales a pesar de haber adquirido una posición. Personas que no esconden su humanidad, y bajo mi punto de vista esto hace que su trabajo se engrandezca.
Un libro para releer:
Juntos, nada más de Anna Gavalda.
Un sueño recurrente:
Volar, pero no como un pájaro, sino a ras del suelo, como si nadara en una fina capa de agua inexistente. Es extenuante, pero jamás he soñado que volara como dios manda.
Su tesoro más preciado:
Dos colgantes, uno de mi abuela y otro de mi madre. No son joyas, pero las piedras preciosas ya las pone mi mente.
Su merienda favorita:
Patatas fritas con pimienta y limón, con mucho limón de hecho.