Debo presentarme en pocas palabras y, la verdad sea dicha, no sé muy bien como empezar. Nací en 1984 y desde pequeño me comporté como un niño, cuanto menos peculiar, que con cuatro años aspiraba a ser marciano de mayor, algo que con los años estuve cerca de lograr según mis profesores, quienes aseguraban que siempre estaba en la luna.
Con los años mis aspiraciones de conquistar el espacio sideral, fueron dando paso a otro tipo de profesiones algo más materiales, hasta que finalmente acabé por licenciarme en Ciencias Químicas en septiembre del 2007.
Durante todo este tiempo, de cuando en cuando, he sentido la necesidad de sentarme delante de un papel en blanco y dejar que la imaginación del niño que aún guardo dentro, contase aquello que creyera conveniente. De esta manera, y casi sin darme cuenta de ello, empecé a escribir tanto prosa como verso casi a diario y fruto de todo esto fueron surgiendo cosas que, animado por quienes me leían, fui mandando a certámenes y concursos.
No queda mucho más que decir, simplemente que espero que la oportunidad que Vulture me ofrece sea provechosa para todos. Que quienes me lean disfruten con mi trabajo, y que yo siga trabajando con las mismas ganas que lo llevo haciendo hasta ahora.
LEER TEXTOS
VER REVISTA ONLINE
CONTINUAR LEYENDO ENTREVISTA...
El primer planeta de tu universo
La primera vez que cogí un lápiz (todo lo que escribo, suelo hacerlo primero a lápiz, así borras los errores y se notan menos que los tachones a boli ensuciándote media página), sería más o menos con quince o dieciséis años. No era un poeta precoz, como ahora pese a los diez años que han pasado desde entonces sigo sin considerarme poeta, era simplemente un adolescente con demasiado tiempo libre, curiosidad por leer y con ganas de contar a los demás historias. La verdad es que ya ni recuerdo ni el tema ni la trama de aquello que escribí, pero lo que siento cuando me veo a mí mismo sentado en un banco con un cuaderno sobre las piernas cruzadas, el lápiz en la boca y la mirada perdida en el fondo de la calle, siento nostalgia. Nostalgia por lo fáciles que eran de contar las historias con aquella edad, y por lo fácil que era la vida siendo poco más que un soñador sin ningún tipo de problema a la vista.
¿Eres un amante correspondido?
Bueno, la verdad es que no sabría qué decir. Por un lado me siento correspondido cuando alguien lee algo mío y me dice que le ha gustado, que le han sobrecogido mis palabras, mis versos y mis metáforas. En cambio, me siento un cornudo apaleado por las musas cuando el fallo de algún jurado dice que mi obra no merece ningún galardón, premio o accésit. Ahí es cuando me vuelvo promiscuo con mis creaciones, abandono la monogamia yo-versos, y me dejo llevar por la pasión de la prosa. Hasta que una vez más me doy de bruces con la ardua tarea de escribir algo que guste, me enfado conmigo mismo y mi ego, y vuelvo a la poesía. No es que estos cambios sirvan para mucho, pero un poema medianamente aceptable se escribe en menos tiempo que un relato normalito, y así los "elogios" de los que me leen se hacen esperar menos.
El placer y el dolor...
Hay de todo un poco. Satisfacción es lo que sientes cuando pones punto y final a algo que has creado, con lo que has peleado durante mucho tiempo a brazo partido para darle forma y sentido, y por fin lo has terminado. En ese momento, o quizá en el instante en que acabas de imprimirlo para ser más exactos, te sientes en la cresta de la ola. Ha sido duro, pero ha merecido la pena. Sólo te falta esperar a que vengan los aplausos y el reconocimiento, piensas en tu ignorancia, y de la mano de esta espera vienen la frustración y el dolor (metafóricamente hablando). Como buen creador que te crees, tratas de promocionarte. Escribes a todas las editoriales que conoces. Tratas de cartearte con escritores de renombre. Das copias a familiares, amigos y conocidos de tu trabajo y sigues esperando. El dolor no viene cuando nadie ha leído tu libro/relato/poema. Ni cuando ningún compañero del gremio de la literatura se digna a contestar a tus cartas. Incluso tampoco te sientes frustrado cuando las editoriales de peso nacional te dicen que verdes las han segado, que la temática que abordas en tu trabajo no entra dentro de sus líneas editoriales (bonito eufemismo para decirte que te compres un peine, te pongas guapo y te dediques a vender enciclopedias de puerta en puerta, porque como escritor lo tienes un poco difícil). La verdadera frustración viene cuando tratas de empezar desde cero. Crear otra historia totalmente distinta, experimentar esos recursos estilísticos que has estudiado y esas novedosas técnicas de escritura que a otros tan buenos resultados dan. Ahí es cuando te sientes totalmente frustrado. Ahí es donde has descubierto por fin el sentido de lo que es ser escritor, y te guste o no, distas años luz de ello. Lo que para ti no iba a ser otra cosa que escribir, dormirte en los laureles y vivir de tu ingenio, se manifiesta como un pulso continuo entre tu inventiva, el papel y las musas. Una vez que lo comprendes, ya está todo hecho. Tu ego ha vuelto a sus cotas normales y lo único que tienes que hacer es seguir trabajando, autosuperarte y poco a poco, si de verdad lo que escribes merece la pena, ir subiendo puestos. Ésta es la relación placer-dolor que todos hemos sentido en algún momento, y en concreto para mí fue un duro escalón que tardé en asimilar.
Tus colonias, ungüentos y afrodisíacos
Siendo sincero ésta es la primera vez que me paro a pensar cómo me preparo a la hora de escribir. Supongo que lo más especial es el ritual que llevo a cabo cada día. Puede sonar un poco raro pero es el método que empleo y, parece ser, mejores resultados me da. Sólo es cribo de noche, no porque sea más romántico, la luna me inspire ni nada de eso, simplemente lo hago por la noche porque es el poco tiempo libre que tengo a diario y me he acostumbrado a ello. Otra de mis manías consiste en tomarme un té caliente mientras releo lo último que haya escrito, sacándole todos los fallos posibles y empezar a escribir, una vez que me he bebido el té, a partir de estos. Lo más más más extravagante de mi método es que cuando no se me ocurre qué escribir cojo un libro, el que sea. Lo abro al azar, paso el dedo índice sobre la página en cuestión y con la palabra sobre la que éste se detenga, trato de escribir un poema.
Signos, lenguaje, mirada universal.
Puff. No sé muy bien qué es lo que quiero expresar con mi obra. Supongo que es poner etiqueta a esos pensamientos que a veces me saturan y que se niegan a salir de mí hasta que los pongo en el papel. Cuando empecé a tomarme un poco más en serio esto de escribir, lo hice para olvidarme de todo cuanto pasaba a mi alrededor, desconectar y crear un mundo paralelo en el que poder vivir lejos de mis preocupaciones. Quizá por ello no suelo recurrir mucho a elementos comunes en toda mi obra. De hecho, si ponemos todos los personajes de lo que escribo sobre una calle imaginaria, dudo mucho que pudiesen distinguirse los unos de los otros, no tienen nada en común. Podríamos decir en términos darwinianos que son fruto de la evolución pasando de ser seres lineales, sin rasgos distintivos a ir ganando profundidad y cuerpo más por sí mismos, por sus decisiones, reflexiones y forma de desenvolverse en la historia en que viven. Podríamos decir, tratando de no pecar de pedantes, que la mejor palabra para describir mi estilo es: versátil. Malo, pero versátil.
Vende tu alma al diablo.
Creo que lo que más puede llamar la atención a los lectores de Vulture es que suelo hablar de cosas cotidianas, a veces de un punto de vista un tanto gongoriano con metáforas que ni yo mismo entiendo, y en otros, bastante quevedesco directo y certero, sin pelos en la lengua. Y tal vez sea esta conjunción de antónimos lo que más llame la atención.
¿Futuras misiones para la nave espacial?
Lo que venga. Seguir escribiendo, que es lo que me gusta, desojar margaritas a la espera de que las musas vuelvan a mí, y mientras tanto seguir escapando de mis miedos y fobias sobre el papel.
Kalasnikof de preguntas:
• Su primer pensamiento matutino: Cinco minutos más.
• Esa imagen (un cuadro/fotografía/póster/mural/cartel/imagen) que podría pasarse horas (ad)mirando: Una fotografía tomada por Yevgeni Khaldei en Murmansk, desconozco el título de la instantánea, pero es sobrecogedora.
• Algo para hacer a cualquier hora: Tumbarme en el sofá y leer.
• La primera vez que leyó un ejemplar de Vulture (¿cómo cayó en sus manos?): De rebote. El típico correo que se reenvía de unos a otros, cruza océanos, cordilleras y continentes, demostrando que este mundo es un pañuelo. Lo leí, vi un link a vuestra página. Hice click, me gustó y dije: intentémoslo.
• La mejor película de su videoteca: Hay dos películas que compiten por el primer puesto del podio. Braveheart y El Padrino I (aunque últimamente estoy dándome cuenta de que El Padrino II, sabiendo leer entre líneas, no está tan mal después de todo).
• Un ídolo: Sherlock Holmes en batín y fumándose una pipa.
• Un libro para releer: La Carta Esférica, de Arturo Pérez Reverte.
• Un sueño recurrente: Que por fin termino de escribir una novela que lleva a medias desde hace más de un año.
• Su tesoro más preciado: La ironía y mi humor negro.
• Su merienda favorita: Un café solo, sin azúcar y bien amargo.
|