Cuando quiera que te sientas agobiado o superado por las obligaciones del día a día, atrévete a caminar por el barrio madrileño de Lavapiés: es un antídoto cien por cien efectivo. El espíritu desenfadado, el ambiente multicultural y la sensación de haber escapado de un círculo vicioso contaminado por tus compañeros de trabajo, la vecina de enfrente o las facturas sin pagar, ¡te dan la bienvenida!
A la creación de esta atmósfera ha ayudado sin duda alguna la recuperación de uno de sus edificios míticos, la Tabacalera, situada en la calle Embajadores. Se trata de de un ejemplo de la arquitectura industrial del siglo XVIII, construido bajo el reinado de Carlos III con el nombre original de “Real Fábrica de Tabacos” en 1790. En ella trabajaban principalmente mujeres, las llamadas “cigarreras” y estuvo en pleno rendimiento hasta bien entrado el siglo XX, cerrando en el año 2000. Es entonces cuando comienzan las incógnitas acerca de su futuro, a pesar de ser declarada como Bien de Interés Cultural en 2002…
Unos años después, la Tabacalera se elige como el lugar para albergar el CNAV o Centro Nacional de Artes Visuales, planteándose como un espacio de referencia para la creación artística y la investigación, con especial atención a la fotografía, el cine y la televisión. Contaría con una colección permanente de carácter histórico así como con salas de exposiciones temporales; así, finalmente en el edificio se incorporarían dos museos estatales, las salas de exposiciones temporales del ministerio, algunos servicios centrales de la propia red estatal de museos, y un centro de recursos artísticos. Los museos candidatos para tal honor son el Museo Nacional de Artes Decorativas, Museo Nacional de Reproducciones Artísticas y el Museo Nacional de Antropología.
Sin embargo, hace aproximadamente un año, y hasta su apertura definitiva, el Minsterio de Cultura decidió ceder la Tabacalera a colectivos del barrio para que éstos lo habilitasen como centro artístico autogestionado. Y aquí comienza un verdadero ejemplo de promoción de la cultura donde, como bien defienden en su sitio web, la colaboración y la contextualidad definen su concepción de la creatividad. Una creatividad que se entiende como la interacción de los diversos grupos que conviven en el edificio, cuya retroalimentación beneficia al conjunto mediante la proporción de “espacios, tiempos y herramientas”.
De este modo, y aunque todavía se encuentra en un proceso de organización espacial, el número de colectivos crece exponencialmente desde el pasado abril. Cada vez que uno entra a la Tabacalera debe estar pues, preparado para una aventura diferente: un día puede toparse con una mesa redonda acerca de Wikileaks con catedráticos de la Rey Juan Carlos y periodistas de El País; otro con un taller de skaters-que han montado su propia pista en el patio del edificio; así como con la reciente presentación de la editorial Papel de Fumar o un ciclo de cine español; pasando por conciertos, el canal de televisión Tabacanal o clases de castellano para inmigrantes…

Todo ello de manera gratuita; también para los artistas, que producen bajo “licencias libres” y en el que la organización del centro requiere del compromiso de todos sus miembros. Esto es, se debe participar en los turnos de trabajo-por ejemplo en la cafetería, en el mantenimiento y la atención al público; además de en la toma de decisiones de importancia para el centro en su conjunto, desde la asamblea de coordinación. Con el fin de reforzar aún más esta idea de un proyecto serio debemos recordar que no se trata sólo del contenido, sino de la forma, y dentro de esta se incluye el propio edificio; la remodelación, la división de los talleres, la progresiva creación de una biblioteca y una medioteca, la conversión del patio central en un jardín, etc. son llevadas a cabo por un conjunto de arquitectos que trabaja bajo el nombre de “Autoconstrucción”.
Pero, ¿cómo se financian? Te preguntarás… Pues bien, el Ministerio de Cultura paga las cuentas de luz y agua, pero el resto se recauda gracias a la imaginación del propio colectivo: la venta de cerveza en la cafetería es un ejemplo, también los beneficios de algunas de sus publicaciones, aunque se reciben asimismo donaciones y trabajo voluntario.
Todo ello demuestra un alto grado de compromiso que ha hecho de la Tabacalera uno de los centros culturales de referencia en Madrid en tan sólo un año. Ojalá se convierta en un ejemplo para el resto de ciudades, no únicamente en cuanto a la autogestión, sino en lo que se refiere a la recuperación de espacios abandonados. Desde aquí te invitamos a que la visites en tu próximo viaje a la capital, ¡ninguno de sus rincones tiene desperdicio!













